Corisca es un sueño que nació de un sueño a un paso de la legendaria frontera que marca el río Miño entre Galicia y Portugal. Un camino sin asfaltar indica que estamos cerca.
Cuando el visitante llega a la casona de piedra transformada en bodega, ve a José María Rodríguez, el patriarca, entre las vides que la rodean. Pepe se encuentra en su estado natural porque lleva toda la vida plantando viña albariña en la zona de O Condado, perteneciente a la denominación de origen Rías Baixas. Un técnico calificaría la estampa como la integración del agricultor con el medio.
Pepe resume toda su experiencia vinícola en siete palabras: “O viño é como criar un fillo”. Así de sencillo: “El vino es como criar un hijo”, o sea, una cuestión de amor. Y ese amor se lo transmitió a sus hijas Natalia y Marta como un beso.
De ahí que padre e hijas pariesen Corisca, que significa viento de lluvia y granizo, tres elementos climáticos que refleja la etiqueta de la botella. La marca también hace referencia al nombre de la primera finca familiar, de 1,5 hectáreas, que Pepe comenzó a trabajar hace ya treinta años.
En la actualidad, Corisca posee cuatro hectáreas en propiedad, de las que la familia ejerce un control de manera directa, exigiéndose que la materia prima sea excelente para continuar su proceso en la elaboración con la mayor tecnología y las directrices marcadas por el Consello Regulador de Agricultura Ecolóxica de Galicia (CRAEGA).
“Este año sacamos a la venta por primera vez nuestro vino, albariño cien por cien, correspondiente a la cosecha de septiembre de 2009 y con una producción de 6.000 botellas”, asegura Natalia Rodríguez. La añada tuvo tanto éxito en la I Feria Internacional de Vino Ecológico (FIVE), celebrada el pasado mes de mayo en Navarra, que un distribuidor alemán quiso comprar toda la producción.
Corisca es un sueño que nació en 2005, el año en que arrancó esta apuesta por la calidad y la autenticidad, dos valores que conquistan el paladar cuando lo saboreas. Durante cuatro años hubo que preparar las tierras, restaurar la casona, cumplir con la burocracia de dos ayuntamientos y adaptarse a los preceptos de CRAEGA. Demasiado tiempo quizá, demasiada corisca, pero ha valido la pena.
El proyecto, sin embargo, fermentaba desde mucho antes en la cabeza de Pepe, al que no le cabía en la cabeza que los vinos se adulteraran. Él, que ha nacido por y para el Albariño, decidió arriesgar. No es fácil producir vino ecológico en Galicia, un territorio minifundista donde la vida se juega en cada pulgada de tierra y donde la humedad propaga las plagas. De ahí que Pepe reclame más apoyos en forma de innovación y tecnología. “Esa idea de conservar la naturaleza y cultivar con ella y no contra ella, es lo que nos hizo apostar por la agricultura ecológica”, concluye Natalia.








